SOBRE BIQO
La mejor decisión que tomamos con Biqo fue destrozar Biqo.
Pero voy demasiado rápido.
Antes de Biqo trabajé durante tres años en hostelería en Holanda.
Y hay un momento que cualquiera que haya trabajado en un restaurante conoce.
La cena ha ido bien.
La gente está contenta.
Llegas con la cuenta.
Y alguien dice:
—¿Podemos pagar cada uno lo nuestro?
Claro.
Entonces empieza el espectáculo.
—Este plato era mío.
—Las croquetas las compartimos entre cuatro.
—Yo no bebí vino.
—Ese postre era entre ella y yo.
—Espera, que esa cerveza no es mía.
Y tú ahí, con el datáfono en la mano, intentando entender quién paga qué.
Y ese problema no lo conocía solo por trabajar en hostelería.
Como cliente, lo había vivido desde siempre.
Solo que sentado al otro lado de la mesa.
Con mis amigos.
Foto al ticket.
Calculadora.
Notas del móvil.
«¿Cuánto te debo?»
«Espera, que yo no tomé vino.»
«Luego te hago Bizum.»
Y pensé una cosa bastante sencilla:
esto debería funcionar mejor.
Así empezó Biqo.
Con una cuenta de restaurante dando más guerra de la necesaria.
Entonces hicimos lo que suele hacer la gente cuando quiere simplificar algo.
Lo complicamos muchísimo.
QR para restaurantes.
Dashboard.
Pagos.
Estados de mesa.
Integraciones.
OCR.
Gestión del cobro.
Más funcionalidades.
Más pantallas.
Más cosas.
Trabajamos alrededor de ocho meses en aquella solución.
Y cuanto más construíamos, más convincente parecía.
Ese es el peligro.
Cuando llevas meses trabajando en algo, empiezas a defenderlo por una razón muy poco científica:
porque llevas meses trabajando en ello.
Habíamos hablado con restaurantes.
Habíamos diseñado el producto.
Habíamos construido tecnología.
Habíamos invertido horas que ya no iban a volver.
Lo fácil era seguir.
Así que hicimos lo contrario.
Lo destrozamos.
No literalmente.
Aunque algún día de esos ganas no faltaron.
Paramos y volvimos a una pregunta bastante incómoda:
¿De qué problema nos enamoramos al principio?
No era del dashboard.
No era del QR.
No era del TPV.
Ni siquiera era del restaurante.
Era de algo mucho más sencillo:
varias personas comparten un gasto y, cuando llega el momento de repartirlo, empieza el lío.
Eso era todo.
Y si ese era el problema, muchas de las cosas que habíamos construido dejaban de tener sentido.
Así que empezamos a quitar.
Y quitar.
Y quitar.
Hasta que Biqo dejó de pedirle al restaurante que cambiara cómo trabajaba.
Dejó de necesitar mover tu dinero.
Dejó de obligar a tus amigos a registrarse.
Dejó de obligarte a descargar otra aplicación.
Solo tenía que hacer una cosa muy bien.
Convertir un gasto compartido en algo fácil de repartir y cerrar.
Una foto al ticket.
Cada uno elige lo suyo.
Lo compartido se comparte.
Biqo hace las cuentas.
Y seguís con vuestra vida.
Ahora parece obvio.
Hay una lección de aquellos ocho meses que intento no olvidar.
No te enamores de tu solución.
Las soluciones son peligrosas.
Les dedicas tiempo.
Les pones nombre.
Las diseñas.
Las mejoras.
Las enseñas.
Y un día ya no estás intentando descubrir si son buenas.
Estás intentando demostrar que tenías razón.
Prefiero enamorarme del problema.
Porque entonces puedes cambiar todo lo demás.
El producto.
El modelo.
La tecnología.
La manera de cobrar.
Hasta el nombre.
Y nosotros hemos cambiado unas cuantas de esas cosas.
Más de una vez.
El problema, sin embargo, sigue sentado en la misma mesa.
Esperando que alguien saque la calculadora.
Soy Lucas Murtra.
Estoy construyendo Biqo.
Aunque tampoco sería verdad contar esta historia como si todo hubiera sucedido conmigo encerrado en una habitación.
Durante una parte importante del camino hubo otra persona al otro lado de muchas de esas decisiones.
Construimos.
Discutimos.
Nos equivocamos.
Volvimos atrás.
Y una parte de Biqo existe hoy porque aquella etapa existió.
No hace falta poner un nombre para que eso sea verdad.
Todavía estamos al principio.
Biqo salió al mundo en 2026.
Seguimos cambiando cosas.
Seguimos equivocándonos.
Y espero que dentro de unos años podamos mirar algunas decisiones que hoy nos parecen brillantísimas y pensar:
cómo pudimos pensar que aquello era una buena idea.
Será una buena señal.
Porque significará que seguimos dispuestos a cambiar la solución.
Hay una cosa que no quiero cambiar.
El problema que empezamos queriendo resolver.
Una mesa.
Una cuenta.
Varias personas.
Y, con un poco de suerte, nadie diciendo:
—Espera, que saco la calculadora.